Se despuebla el viejo Cusco
Desde los primeros años de su gobierno, Pachacutec se preocupó por la reconstrucción del Cusco. El cronista Sarmiento de Gamboa cuenta que el Inca paseaba por la ciudad mirando atentamente su entorno.
Para cumplir sus deseos, decidió despoblar el Cusco de sus habitantes para efectuar un nuevo trazo y repartir solares y terrenos a quienes él consideraba debían vivir en su capital.
Cordel en mano, el mismo Inca medía calles y canchas para la gran satisfacción de los linajes reales (panacas) y de los antiguos
ayllus custodios del soberano.
Hasta entonces, el Cusco no pasaba de ser un villorrio bastante ruin y rústico frecuentemente anegado por sus dos pequeños ríos, el Huatanay y el Tulumayo.
La reconstrucción se inició con la canalización de los arroyos para evitar las ciénagas en la temporada de lluvias y de las acequias portadoras de agua para la ciudad. Betanzos narra la manera en que se procedió a la refacción del Cusco. Pachacutec valiéndose de la reciprocidad, convocó a los curacas principales y a las autoridades andinas a que vinieran a la capital. Después de las fiestas acostumbradas, deliberaron sobre el envío de diez señores con la misión de ir por los pueblos en busca de subsistencia y de canteras adecuadas.
Cuando todos los problemas estuvieron resueltos, los señores enviaron al Cusco gente para las obras. Unos tenían la tarea de acarrear piedras toscas para los cimientos, otros traían barro pegajoso y le añadían paja o lana para labrar adobes, otros acopiaban madera de alisos. El arquitecto Gasparini supone que desde el Collao vinieron expertos talladores de piedra, herencia de los antiguos tiahuanacotas.
Las plazas incas eran extraordinariamente amplias, de forma trapezoidal y en ellas se desarrollaban actividades religiosas y sociales. El rito de la reciprocidad se efectuaba en la plaza de Aucaypata y en ella los ayllus y linajes reales se reunían a comer, beber y bailar las danzas ceremoniales del calendario cusqueño.
También en dicha plaza se efectuaban las celebraciones del triunfo de los ejércitos inca que consistía en extender por el suelo el botín obtenido y a los señores presos. Sobre todo ello paseaba el soberano en signo de sumisión de sus enemigos y de poder sobre sus nuevas adquisiciones territoriales.
El Coricancha
Pachacutec puso todo su empeño en la reconstrucción del santuario de Inti Cancha o Recinto del Sol que hasta entonces era bastante pobre. No sólo se labraron las paredes con piedras primorosamente talladas, sino que los adornos fueron un derroche de oro. Los primeros españoles, que vieron el santuario en todo su esplendor, cuentan que existía un jardín con plantas, flores, aves e insectos de metal precioso.
Los aposentos principales del santuario estaban dedicado, uno al Sol, otros a la Luna, Trueno y Arco Iris; todos comunicaban con el jardín de oro. Distintos relatos dicen que el Sol estaba representado en una pared con una plancha ovoide de oro, mientras que Garcilaso menciona una cara. Es posible que a través del tiempo existieran cambios en las tendencias religiosas.
Las momias de los antiguos soberanos se conservaban en el templo y eran llevadas a la plaza para las grandes ceremonias. En la pieza de la Luna se conservaban los restos de las coyas o reinas apostadas a los costados de la callanca. Sólo la madre de Huayna Cápac, Mama Ocllo, miraba de frente al astro nocturno.
Cambios religiosos
La mayoría de los cronistas menciona cambios religiosos sucedidos después de la guerra contra los chancas. Según parece los sacerdotes principales apoyaron la huida del Inca Viracocha y estaban dispuestos a someterse a sus enemigos.
Después del triunfo de Cusi Yupanqui, el futuro Pachacutec, la situación se tornó incomoda para los sacerdotes. Además, el joven príncipe necesitaba de un padre que lo nombrara como el nuevo soberano. Ante la negativa de Viracocha de pisar los despojos de los prisioneros, Cusi Yupanqui se dirigió al templo de Inti Cancha y pidió el beneplácito directamente al Sol. Desde entonces, los soberanos se consideraron Hijos del Sol.
Así se produjo un cambio religioso pues anteriormente prevalecía el culto a Viracocha que sólo tenía un templo en el Estado Inca, mientras se acentuaba la influencia solar.
Naturalmente que estos hechos no afectaron la veneración a múltiples huacas e ídolos existentes. Más aún, Pachacutec quiso que las principales huacas permanecieran en el Cusco y les otorgó servidores, tierras y bienes. Se trataba de una manera de controlar posibles rebeliones pues los naturales no se alzaban por temor a las represalias que podían ejercer sobre los ídolos.